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Don Juan en la frontera del espíritu


Juan José Díez



Capítulo 1. El nuevo mundo


A bordo del "Cefalonia", don Juan podía atisbar en la distancia, un poco velados por la niebla, los grises barracones del puerto de Nueva York. Novios fantasmales, matrimonios de jubilados ingleses, camareros somnolientos deambulaban por cubierta.
− ¿Qué hago yo aquí? - se preguntó, al ver los hombros de los gigantes surgir entre la bruma. El humo del puro que apretaba entre los dientes le era devuelto por la brisa, punzaba la gota en sus nudillos.
− Oficialmente, sustituir a un suicida - reconoció, melancólico.
Una llovizna fría le empañaba las gafas, olía el aire a madera podrida, bufaban graves las sirenas.
− En realidad, quemar el último cartucho - concluyó, arrojando el puro por la borda.
Su sobrino Juanito llegó jadeante:
− ¡Le he visto las piernas a una italiana cuando subía por las escaleras de babor!
El transatlántico atracó en el muelle East River. Al pie de la escalera, confundidos entre marineros con mirada perdida que volvían a sus barcos, esperaban dos miembros de la legación. Sobre la manga de los abrigos tenían cosido un brazal de luto. Mientras los funcionarios colocaban el equipaje en el coche, Juanito se encaramó al pescante y desde allí, con voz alegre, exclamó:
− ¡ Tito, esto no es Doña Mencía !
− Ya veremos.
− Me han dicho que las americanas se mueren por los europeos con clase.
− ¿Somos europeos?
Los ojos del sobrino se clavaron en dos damas jóvenes que despedían risueñas a un militar. Juanito se agitó en el asiento, levantó la nariz − audaz y esperanzado − como un lobezno husmeando la cañada. De un salto bajó al suelo, dio una carrerilla y entró en el coche delante de don Juan.
− Mi madre me ha dicho que viaje a los balnearios de moda, que alterne con la alta sociedad, con los diplomáticos de las grandes potencias...
− ¿Nada más que eso te ha dicho mi hermana?
− Bueno…, sobre todo, que busque a una joven con dólares. La señora de don Juan Mesía de la Cerda y Valera, agregado "ad honorem" del Reino de España.
− ¿Y si no la encuentras?
− Siempre queda la hija de Morenito − sonrió, pícaro, el sobrino.
Don Juan se vio rodeado por gente rubia, corpulenta, vestida con paños recios, moviéndose entre carros, toneles y cestos, trasladando mercancías de una mano a otra, de un barco a otro. Zumbaban los vapores; chavales roncos voceaban los periódicos. Nueva York emergía muy cerca, con las calles saliendo del mismo muelle; altos edificios rojizos y otros, más bajos, de ladrillo negruzco, se apretaban contra un cielo desplomado, en un turbio atardecer de clara de huevo.
Una vez acomodados en el coche, se dirigieron a la estación. Durante el trayecto, pasaron por avenidas rectilíneas atestadas de tranvías, banderas colgantes y aparatosos velocípedos. Subieron al tren de Washington. En el espacioso departamento, todo parecía a mayor escala que en Europa: los colores de los tapizados más brillantes, la pintura más viva, los revisores igual que jefes de pista de un circo.
Avanzaba la locomotora, como la ballena de Jonás, devorando la noche fría y estrellada. Frente al embajador iban sentados don Saturnino Pestaña y Paco Bustamante, secretarios primero y segundo.
− Ya me imagino los días que han pasado − dijo don Juan.
− Sí, han sido muy desagradables – admitió fúnebre Pestaña.
− No entiendo cómo, con su carrera política, a punto de ser nombrado consejero de Estado...
− La vergüenza puede llevar a un hombre a matarse − sentenció Bustamante.
− Quizás tenga usted razón − concedió don Juan, meditabundo.
La vergüenza, y las deudas, y las mujeres... pueden llevar a un hombre a cualquier cosa, como cruzar el charco con casi sesenta años. ¿Por qué, si no, estaba él ahora en Nueva York? Hace poco, en el casino de Doña Mencía, don Luis Vergara, propietario de bodegas y olivos, le preguntó: “¿No juega usted esta tarde?", con un tono que significaba: “He aquí al embajador en espera de destino, gloria de las letras españolas. Ayer perdió unos duros al tresillo y hoy no tiene más remedio que mirar por el ventanal”. Disparado por el orgullo, al día siguiente escribió a don Servando Ruíz Gómez, ministro de Estado y amigo del Ateneo, para que le procurara una misión, la que fuera, la que mereciese después de tanto tiempo de servicio. Gracias al suicidio de su antecesor, pudo conseguir, de la noche a la mañana, un destino tan suculento.
Iba solo, cargado de vinos franceses, "foiegras" y equipo completo de trajes nuevos. Pero sobre todo solo, decidido a no vivir en el futuro bajo el mismo techo que su mujer. Confiaba en este viaje a un país lejano, frontera del oro y las pistolas. La energía del Nuevo Mundo arrasaría las sombras. Y las deudas: la paga de embajador no le llegaba para hacer frente a los gastos de la casa ni a las fantasías de su mujer. Pese al éxito que tuvo con algunas novelas, vivir de la literatura en un país pobre, con las tres cuartas partes de la población analfabeta, era tan improbable como la más ardua tarea de Hércules. A veces, sólo podía salir adelante gracias al amigo Morenito que con sus duros plateados, aceitosos, le evitaba la extremaunción. Ahora, en América, las cuatro mil pesetas mensuales y la bendita soledad le permitirían saldar sus deudas más cuantiosas.
Tras cinco horas de viaje, llegaron a Washington. En la estación, dos mozos se disputaron las maletas brillantes y escudadas de don Juan. El perdedor se resignó a llevar las del sobrino. Para cruzar el andén tuvieron que esperar al tren de Baltimore, que entraba solemne, chirriante, cubriéndolo todo con una nube de vapor. Sentado en un cajón, un mendigo negro cantaba algo monótono y ronco, incomprensible, pero de una tristeza universal; una salmodia de abandono, de cama vacía y botellas por el suelo, que le hizo recordar a don Juan las coplas quejumbrosas de los gitanos de Andalucía. Dio al negro unas monedas, no supo cuántas, ni siquiera si iban mezcladas con calderilla española.

* * *

A la mañana siguiente, ya en la embajada, en cuanto salió de su habitación, sintió de golpe el espíritu del lugar: olor a humo, pasillos fríos, muebles de pino, alfombras verdosas y gastadas por todas partes. Entró en el despacho. Se puso a leer el "memorandum" que le tenía preparado el primer secretario. Empezó con los recortes de prensa. Uno de ellos lo había leído en España. Al rato, oyó un crescendo de tos − cascada, húmeda, silbante − seguida por una carraspera que trataba de aclarar el resuello. Después de pedir permiso, compareció don Saturnino con la cara aún congestionada. Llevaba un traje gris marengo usado, pero limpio; delgado en extremo, cargado de hombros, con un bigote pequeño, geométrico, y una calva inmoderada en el centro del cráneo. El embajador le ofreció un puro. Don Saturnino rehusó el habano, dirigió rápida la mano a su bolsillo y sacó una petaca.
− Si no le importa, prefiero cigarrillos. Me están matando. Había dejado el vicio, pero al llegar aquí, entre las preocupaciones y lo bueno que está el tabaco de Virginia, otra vez despido humo como una locomotora – dijo el secretario, con mirada dudosa entre la ironía y la sumisión.
− Yo también toso de vez en cuando. Los puros perjudican menos. Supongo que algún día tendré que dejarlos.
− ¿Ha leído usted el "memorandum"? − preguntó don Saturnino con voz modulada y resonante, perfecta, si no fuera por la fatiga respiratoria.
− No del todo. Las esquelas y poco más… Por su acento diría que es de Castilla la Vieja, ¿me equivoco? − inquirió don Juan.
− No se equivoca. Soy de Zamora − respondió orgulloso Pestaña.
− ¿Y qué me cuenta de mi antecesor? Supongo que todo estará en el informe, pero ya que está usted aquí...
− No hay mucho que contar. El banquero de la embajada, Mr. Riggs, tenía unos pagarés de Salazar y le advirtió que, si no se los libraba, iría a los tribunales. La tarde en que recibió la citación, se pegó un tiro en su cuarto. Estábamos en unas condiciones desastrosas. No se pagaba el alquiler, ni al servicio, los proveedores habían cortado los suministros. Hasta los espías nos agobiaban tratando de cobrar.
− ¿Espías? − exclamó sorprendido don Juan.
− Cuba sólo ha servido para que los anteriores ministros comieran turrón.
Pestaña se ruborizó un poco. Mientras tosía, observaba cómo había encajado don Juan esa alusión irrespetuosa a sus compañeros de carrera. Al ver que le animaba a seguir, el secretario continuó:
− Con el pretexto de vigilar la isla, no sólo Salazar, sino también los otros, robaron de veras. Pedían dinero extra a Madrid acogiéndose a que lo necesitaban para el servicio secreto. La mujer de Mantillo, por ejemplo, quería una joya, un traje de Worth, un dije nuevo, lo que fuera... Entonces, lo compraba y se cargaba en la cuenta de la embajada una cantidad idéntica en concepto de pago a un espía o de precio de un soborno.
Don Saturnino se tanteó el lazo de la chalina, metió la mano en el bolsillo de la levita para coger el pañuelo.
− Y no hablemos del dineral en telegramas submarinos a Cuba...
− ¿Cómo se han portado las autoridades ante el suceso? − preguntó don Juan.
− Los políticos, con discreto silencio. Los periódicos han aprovechado para hablar de la corrupción, del ladroneo general de los españoles.
Pestaña seguía:
− Lo peor de Salazar es que exageró. Los otros respetaron los gastos corrientes. Enredaban con los sobornos, pero mantenían las formas.
− ¿Por qué esa exageración? − inquirió don Juan.
− La primera gran oportunidad de dinero se le ofreció al poco de llegar. En Cuba, durante la Guerra de los Diez Años, fueron destruidas por nuestras tropas algunas plantaciones en manos de capital americano. El gobierno español aceptó que la indemnización la determinaran los tribunales de aquí; se hablaba de dos millones de dólares. Para rebajar esa cifra, Salazar ideó ofrecer una gratificación a ciertos jueces y personas influyentes: unos trescientos mil dólares. En Madrid estuvieron de acuerdo, pero al final no enviaron los fondos. Él, contando con que recibiría una gran comisión de los sobornados, le pidió crédito a Riggs. El hecho es que comenzó a gastar de forma desaforada, sobre todo jugando al póquer en el vagón dorado de Filadelfia. Ahí empezó, creo yo, su conducta extravagante.
− ¿Cuánto debe la embajada?
− Más de quince mil dólares.
El humo del despacho hacía lagrimear y toser a Pestaña. Cuando éste quiso continuar hablando de Cuba, don Juan le interrumpió con amabilidad.
− Dejemos eso para otro día, con lo de hoy tengo bastante. Ahora, si es tan amable, me enseña la casa y me presenta al resto del personal.
Salieron a la calle para ver la legación desde fuera. La fachada, pintada de un ocre apagado, con ventanas demasiado estrechas, recordaba a la de un edificio parroquial, nadie la miraría sino con la vaga indiferencia de un cartero. Aún así, según Pestaña, era un palacio comparada con el casucho donde se encontraba la anterior: "sólo digna de ser local para un burdel modesto". Allí permanecían todavía, en habitaciones alquiladas, Bustamante y el mismo don Saturnino. Los agregados militares vivían uno en Filadelfia, el otro en Nueva York. Así que aquella casa tendría que albergar las oficinas de la embajada, a don Juan y a su sobrino. Saltaba a la vista que en tal lugar, con aquellos muebles de cabaña de bosque, no se podría celebrar recepción alguna. En Lisboa residió en un palacio; en Dresde, en una quinta señorial; incluso en Nápoles, cuando empezó de agregado sin sueldo, tenía una habitación soleada, forrada de finas maderas, buena cama y amplio baño. ¿O era la juventud, la que agrandaba los espacios y los hacía más luminosos?

* * *

Pasaron dos semanas, el gabinete liberal de Posada Herrera entró en crisis. Alfonso XII encargó a Cánovas formar gobierno. Don Juan confiaba en que “El Monstruo” le mantuviera en Washington: eran amigos desde el comienzo de sus carreras, se veían a menudo en la Real Academia y en el Ateneo, los dos compartían pasión por los libros antiguos; pero la política es juego despiadado, y al cabo, lo natural era que un cargo así lo tuviera un correligionario del partido conservador. Algunas noches despertaba de pronto viéndose otra vez en Madrid, enfrentándose a la sonrisa sardónica de su mujer: “gran hombre, legado breve”. Al fin, el nuevo ministro de Estado, Elduayen, le escribió una carta confirmándole el nombramiento. Se apresuró a presentar las credenciales.
Don Juan llegó en su modesto coche de un solo caballo a la sede del Departamento de Estado. Allí le esperaba Frelinghuysen para acompañarle a la Casa Blanca. El Secretario de Estado no debía llegar a los sesenta años, pero su actitud casi letárgica le producía a don Juan la sensación de acompañar a un abuelo exhausto al que había que cuidar para que no diera un traspié y aterrizara en los suelos marmóreos. Una vez en la mansión presidencial, entraron en el Salón Azul, donde permanecieron más de quince minutos hasta que apareció Chester Alan Arthur. El presidente le estrechó la mano con simpatía. Don Juan hizo una reverencia y retrocedió unos pasos. Leyó el discurso de salutación, al que Arthur respondió con palabras afables y medidas. Luego, entregó las credenciales firmadas por el rey y se retiró acompañado de Frelinghuysen.

* * *

Pronto se estableció la rutina. Al fin y al cabo, el trabajo dentro de la legación era como en cualquier negociado de España. El material humano llegaba tarde y había que andar siempre detrás de él para que hiciera lo indispensable. A las diez, dictaba a Paco Bustamante un resumen de los acontecimientos del día anterior. A continuación leía los periódicos, llenos de animosidad contra España por el problema cubano. Después, los telegramas descifrados por Paco. Cuando llegaba la valija, encargaba a Pestaña que repartiera el papeleo. De las doce en adelante, recibía a periodistas, cónsules, compatriotas en apuros… Los asuntos de siempre: pasaportes, visados, indemnizaciones. Dedicaba un buen rato a redactar notas y despachos: “Mi gobierno no puede permanecer indiferente...”, “debe formular reservas expresas...”. Hasta que su oído se habituaba otra vez a esa jerga, no se sentía ministro en ejercicio de la diplomacia.

* * *

Febrero, mes loco en España, a orillas del Potomac resultaba de una fiereza fría, implacable. Don Juan procuraba no bajar al despacho hasta el mediodía. Entre las mantas, con la estufa al lado, resistía mejor la saña helada. Desde la cama podía divisar la plaza Lafayette. En primer plano, las copas de los árboles − negras de puro desnudas −, más allá, la bandera americana sobre el tejado de la Casa Blanca y, al fondo, las colinas de Virginia desvaneciéndose en la lejanía. Una de aquellas mañanas se puso a escribir cartas a cada uno de sus hijos. "Me siento solo. Me remuerde haberos abandonado en una edad tan difícil. Quiero que seáis ágiles jinetes, diestros cazadores, buenos bailarines, pero ante todo, que tengáis una profesión independiente y bien pagada: la de ingeniero me parece la mejor". Justo cuando imaginaba a Carlos, su hijo mayor, construyendo caminos, canales y puertos, con largos rollos bajo el brazo, botas embarradas, impasible ante el estampido de los barrenos, fue avisado por el criado Víctor. Don Bernardo Quirós, cónsul español en Cayo Hueso, pedía audiencia ordinaria por asunto que no quiso revelar al sirviente. Don Juan no tardó mucho en bajar al despacho. Ante la puerta, le aguardaba un hombre que agarraba con las dos manos su sombrero como para defenderse el pecho; hizo una reverencia al embajador; con ese gesto dejó a la vista la cortina de pelo que le cruzaba el cráneo intentando disimular la calva.
− Excelencia, espero no molestarle - dijo Quirós con voz nerviosa -. Es bien cierto que podía haberle escrito en código, pero precisaba una entrevista facial con usted y he aprovechado que mi mujer debe visitar aquí a un médico...
− No se preocupe, es pleno día, y aunque no lo fuera, usted puede hablar conmigo a la hora que le parezca − contestó don Juan, haciéndole entrar en el despacho.
− Me han hablado con mucha fe del doctor Hausmann, aplica la electricidad para aliviar el dolor en las articulaciones con pequeñas descargas. Mi mujer lleva diez años sufriendo y ahora, por fin, tenemos reunidos los ahorros necesarios para un tratamiento – dijo el cónsul, mientras se ajustaba la cadena de oro que le cruzaba el chaleco.
− Yo padezco de reúma, sé lo que es eso… ¿Cómo han hecho el viaje? − preguntó don Juan.
− ¿El viaje? Todo él pensando en cómo se las arreglará mi hijo en la tienda. Ahora que está allí solo, a los cubanos se les puede ocurrir otra fechoría. Hace una semana me lanzaron por la noche un petardo incendiario. Quieren amedrentarme para que abandone y me vaya a otro lugar.
− Yo creía que el asunto había quedado resuelto con la amnistía de Martínez Campos. Por lo que vengo oyendo, no veo mucha pacificación que digamos.
− Pues no, excelencia; todavía hay muchos exiliados que no se conforman, que no comprenden los esfuerzos de concordia y perdón hechos por España. Quieren la independencia total, la expulsión completa de la autoridad española. Cayo Hueso es su trampolín natural, dan un salto y están en su amada Cuba. Ahora los tabaqueros esperan la llegada de Gómez y Maceo. Por la agitación que observo, se trata de un intento de invasión armada. Ya he avisado al Capitán General sobre eso. Pero el peor de todos los rebeldes es Carlos Agüero, que se dice almirante de la república cubana. Él es quien me trae ante usted.
− ¿Agüero?, ¿Agüero?... Yo conozco a unos Agüero de Soria − dijo don Juan, revolviéndose en el sillón y encendiendo un puro que sostenía desde hacía rato.
− Quizás sus antepasados sean de allí − siguió Quirós −. El caso es que hace una semana salió de Cayo Hueso en un barco con cincuenta hombres cargado de armas. Seguro que desembarcará efectivos, se esconderá en las montañas y repartirá los fusiles entre los campesinos.
− ¿Qué cree usted que podemos hacer? − preguntó don Juan.
− Al menos, enviar una nota de protesta al gobierno de los Estados Unidos. Lo han hecho todo a la luz del día. Cargaron las armas, izaron la bandera cubana, entonaron cánticos, lanzaron gritos contra España a la vista de todo el mundo en el muelle. La negrita Juana, mi criada, vino a contármelo espantada. La autoridad del puerto y los guardacostas les dejaron el campo libre.
− ¡Eso es beligerancia! − exclamó don Juan −. Mañana mismo enviaré al Secretario de Estado mi más enérgica protesta. Exigiré que detengan a ese almirante de pega cuando regrese aquí.
− Yo no creo que lo hagan; pero si protestamos, por lo menos tendrán que ofrecer explicaciones.
− Y si vuelve de Cuba sin armas, ¿con qué base detenerlo? − dudó don Juan.
− Agüero tiene sentencias de los tribunales cubanos por robo y asesinato. En derecho, debían entregárnoslo porque existe tratado de extradición con los Estados Unidos. Los americanos no querrán hacerlo, consideran que sus delitos son políticos. Es lo que suelen decir ante todas nuestras reclamaciones contra los rebeldes.
El miedo le arrugaba la cara, le encogía el cuerpo. Quirós pronunció “rebeldes” con temblor, como presagiando una plaga de patriotas escondidos en cualquier recoveco. Sacó el reloj del bolsillo de su chaleco y lo miró impaciente: "Disculpe, no debo llegar tarde al médico". El embajador le acompañó a la puerta. Quirós se alejó con paso indeciso. Don Juan continuó fuera un rato hasta verle desaparecer. Pensó que aquel hombre era el verdadero legado de España en los Estados Unidos: allí en Cayo Hueso, rodeado de hostilidad, abría su comercio todos los días, vigilaba, informaba, se arriesgaba, con el convencimiento ingenuo de que a la Madre Patria se la debe defender, aunque fuera madre seca que le hizo emigrar. El volcán cubano aún no estaba apagado. No le habían informado bien en Madrid o, quizás, en el Ministerio se interesaban poco por aquellas escaramuzas lejanas. La independencia, idea sagrada, fuego que quema las almas. Su principal quebradero de cabeza, lo veía claro, iba a ser la Perla de las Antillas, anhelada románticamente por los patriotas, codiciada por el Águila del Norte.




Capítulo 2. La leyenda negra. Un mujeriego



Al entrar de nuevo en el despacho, Paco Bustamante le estaba esperando.

− Mire el artículo del Dr. Ingersoll en el World – dijo, entregándole un periódico.

El embajador se colocó las gafas; por el tono de voz del segundo secretario supo que se disponía a llevarse un mal rato.

“España fue la más grande de las potencias, poseedora de la mitad del mundo, y ahora sólo tiene...

Cuando terminó de leerlo, Don Juan miró a Paco con preocupación:

− Bueno…, una vez más la leyenda negra, las fantasías y exageraciones que produce el odio. Lo que está claro es que si esto lo leen varios millones de personas en esta nación, vamos a tener que andar escondiéndonos por los rincones.

− Aunque debemos reconocer que hay un fondo de verdad − observó Paco.

− Conforme, pero si a la verdad se la infla con la exageración, es peor que una vulgar mentira.

− ¡Nos echan en cara que acabamos con los indios taínos en Cuba! − exclamó Paco −. Y ahora pasan a bayoneta a ochocientos sioux en las llanuras de Dakota. Un periódico de Minneapolis ha dado la noticia. Los de Nueva York callan como tumbas. También ellos tienen su leyenda roja. No sólo los indios, el trato bestial a los esclavos, las atrocidades de la guerra civil, el pistolerismo en los territorios del Oeste.

− A mí no me tienes que explicar eso − contestó con cierta aspereza don Juan, como si intuyera que Paco valoraba poco sus conocimientos históricos −. Ya sé que no somos los más crueles, ni los más indolentes y supersticiosos. Cierto que antepasados nuestros cometieron crímenes horribles, los mismos quizá que otros individuos de otras potencias coloniales. Pero a las conquistas siempre va lo mejor dotado para la supervivencia, que casi nunca coincide con lo más refinado de espíritu. En fin, creo que es cosa de la especie, no de los españoles.

− Ayer fui a comprar carpetas − dijo Paco, conciliador −. Di las señas de la embajada para que nos las enviaran. El dependiente y una señora que compraba allí me miraron con malos ojos. Así todos los días. Estos bien alimentados yankis necesitan el picante de Cuba que les inyecta la prensa para hacer bien la digestión.

Don Juan rasgó la página del diario e hizo trizas el artículo de Ingersoll.

− Con tal de que no nos trituren a nosotros...

¡Qué virulencia mostraba el World contra él y contra España! Todos los periódicos, excepto éste, le habían recibido de manera favorable, incluso excesiva. El Star llegó a decir que era “handsome”, con unos hermosos ojos, que no aparentaba tener más de cincuenta años. Al leerlo, una bandada de palomas dulces, un tintineo jovial de cascabeles, se adueñó de su ánimo. Luego volvió a la realidad: los halagos hay que paladearlos, no tragárselos. Este Ingersoll sonaba sincero, un librepensador mal informado, sin duda. Ya había oído hablar de él como ateo militante que daba conferencias contra Dios a dólar la entrada. Del World le dolió sobre todo el ataque personal. Lo que hace unos días publicó, en un suelto anónimo, debía proceder de alguien de la carrera. Sospechaba del abogado Foster, ahora embajador en Madrid. ¿De quién si no podía venir aquello de que él era un “salonnier”, “un hombre perezoso y sin capacidad técnica para los intrincados vericuetos de una negociación compleja?" Y lo peor, lo ofensivo en grado máximo: que era conocido en la carrera por ser un “womanizer”, un mujeriego.

¿Un mujeriego él, que hacía doce años que no se acostaba con Dolores, y no se había buscado una amante, ni había ido una sola vez de putas para desahogarse? Nada de aquellas buenas "prójimas" pecadoras que estuvo frecuentando y gozando desde los dieciocho hasta los cuarenta y tres años en que se casó. De algunas se acordaba: en Nápoles, La Cucurbita; en Lisboa, Antoñita La Gaditana; en Río de Janeiro, Jeannete: "blanca y rubia, más limpia que el oro, las carnes frescas y apretadas, las piernas como columnas de alabastro, romanista, dotada de una fuerza de atracción y decontracción poderosas para sorber lo líquido y apretar y contener lo sólido, con tan estupenda delicia que, aun dolido y enloquecido, me hacía aullar y morder como si fuera un lobo". En Dresde, Frau Carola, con tetas "acerbe et crude", y no pequeñas. Y la última en Madrid, antes de casarse: Leonor, con quien le costó romper. En toda su vida, sólo dos novias: una de Lisboa, la otra de Lucena. Pero tuvo que ir a casarse con la hija de su jefe en Río de Janeiro, don José Delavat. ¿No tienen los hombres memoria? ¿No hacen caso de los síntomas, de los avisos? La conoció cuando niña, con unos siete años, y entonces le pareció fea como el pecado. Su padre la llamaba “mi curiana”; siempre estaba llorando, dando gritos; sólo se apaciguaba si una esclava le rascaba la espalda. A su hermano Pepe, a diario le lanzaba coces y bocados. Y eso lo vio él durante dos años que vivió en la misma casa. ¿Qué pasó trece años después, cuando volvió a encontrarla en Biarritz?

Al regresar de Frankfurt y quedar cesante, fracasado en su intento de ser diputado por el distrito de Cabra, se sintió solo, sin perspectivas, en una edad en la que de pronto cumples un año más y te descubres bajando la pendiente, empezando a ser invisible para las mujeres. En aquellos días, después de volver de los burdeles, del casino o del Ateneo, entraba en su casa, abría la puerta y no oía nada, no le recibía nadie. Se acostaba en la cama fría y miraba al techo en silencio. Marchito, agotado, muerto de alma, le pesaba la vida, le entraba miedo a morirse allí solo como un perro abandonado. Volvía la vista atrás, veía su juventud y los años pasados tan vacíos, tan inútiles; toda su existencia le parecía un sueño estéril, una necia pesadilla que no ha tenido objeto, ni otro resultado que el reúma, las canas, las arrugas y toda la miseria a la que olían sus noches.

Entonces apareció Dolorcitas. Él volvía de París, de visitar a su hermana Sofía, pasó por Biarritz y allí encontró a Dolores y a la madre veraneando. Don José había muerto tres años antes, ellas vivían ahora en París. Descubrió a una joven bien hecha, de cara agradable, formas torneadas, juiciosa, con una distinción y un gusto en el vestir que a él se le figuraba que tendrían que corresponderse con semejantes prendas en el espíritu. Que fuera veintitrés años más joven, a primera vista un riesgo, podía tener una serie de prácticos alicientes: sin novios serios, virginidad asegurada; y además, le daría hijos, le satisfaría en la cama, llevaría la casa, tendría energías para cuidarle de mayor. Él podría dedicarse por entero a la literatura. Su madre siempre le aconsejó que se casara con alguien del pueblo, porque "aquí nos conocemos todos, y según el horno, así el pan". Pues bien, hasta en eso le convenía Dolores: don José Delavat era un santo varón, doña Isabel Areas, una brasileña de familia con postín tropical. El hecho es que viajó de vuelta a Madrid y desde allí, por carta, le pidió a la madre la mano de su hija. Doña Isabel respondió que sí, pero a Dolores eso de declararse a distancia, por persona interpuesta, no le gustó. Tuvo que regresar a Biarritz después de leer la contestación al discurso de ingreso de Cánovas en la Real Academia. Se comportó entonces como un gomoso pretendiente: paseaba la calle, acechaba las salidas de Dolores y a la hora del té entraba en la casa, pasando la tarde en pláticas tiernas. Consideraba un buen augurio lo a gusto que se sentía charlando con su novia; a pesar de la diferencia de edad, no surgía esa distancia socarrona y enfriada con la que los mayores escuchan las ideas de los jóvenes. Al no tener una pasión viva por Dolores, no le matarían sus desdenes, si algún día los hubiere. Después de Lucía Palladi, la llama nunca ardería por nadie, el dolor no le vendría por nadie. Un embajador, además, si está soltero, parece que representa menos. ¿Quién llevaría la vida social de las legaciones? ¿Quién le acompañaría en los miles de actos?

Se casaron en Saint Pierre Chaillot. A las dos semanas estaban en Madrid, en la casa de la calle Costanilla. Pronto empezó Dolores a echar de menos París, a quejarse de los criados, de la comida, de los muebles que faltaban, de la ropa fea que había en las tiendas, de lo poco "comme il´faut" que eran las amistades de don Juan; sobre todo, de que tenía que tocar su dote para poder comprar al menos un vestido "chic" traído de París. Ella creía que después de casarse iban a destinar a don Juan a una embajada de relumbrón y allí ejercer de "lionne", pero las turbulencias políticas no lo permitieron, todo lo que consiguió fue una dirección general. "El mismo día de la boda le debería haber enseñado los dientes para convencerla de que conmigo no se jugaba. Así habría empezado por infundirle primero miedo, luego respeto, y por último, amor; pues, al fin se ama a quien se respeta y se teme". Pero uno se casa en una fecha. Mal que bien, con intervalos de relativa paz, fueron viniendo los hijos: en cuatro años, primero los dos varones, luego un aborto y por último Carmencita. Durante ese tiempo, las discusiones fueron en aumento. La casa era un infierno, sobre todo si les visitaba la suegra. Entonces, por las mañanas le despertaban los gritos de su mujer y de doña Isabel que ya andaban riñendo, maldiciendo y peleando con los domésticos. Durante los almuerzos, a raíz de cualquier fruslería, Dolores comenzaba una cadena de reproches sordos que iban subiendo en rabia, en irritación, hasta alturas insoportables, de tal forma que don Juan temía que le acometiera una indigestión o un síncope. A veces, debía reprimirse para no pegarle un par de bofetadas y detener en seco aquellos ataques furibundos. En esas camorras, con voz de veneno, le tachaba de fedorento y cursi, de inútil, de animal, de egoísta, de no servir para nada… de viejo. Después de nacer Carmencita, Dolores decidió dormir sola. Él tuvo que abandonar el dormitorio y arreglarse un camastro en su despacho. A partir de esto, don Juan pensó seriamente en la separación. Varias veces se la propuso, pero entonces ella caía en una especie de silencio infantil, se encerraba a llorar en su cuarto y pasaba días enteros sin dirigirle la palabra. Al final − por piedad, por los hijos, por evitar un escándalo ridículo − no tomaba una decisión y continuaba la farsa.

Ahora en América se contentaría con cierta tranquilidad, con un estoico no sufrir. Al menos dejaría de soportar la presencia de su mujer, ya casi sin rostro, después de tanto tiempo en que no la miraba directamente a la cara. ¿Sólo tranquilidad? Quizás latiera escondido el deseo de algo más: la última llamarada. No podía despedirse de la vida, él que había disfrutado tanto de las mujeres, con el mal sabor de alma que le dejaba Dolores. Aún se creía capaz de despertar el fuego en alguien. Mantenía su aspecto varonil, la mirada..., y el pelo, aunque canoso, brillante y sano. Sin embargo, en la poca vida social que había llevado hasta el momento, sólo encontraba damas pasadas de sazón o impulsivas ninfas, hermosas y prometedoras, todavía con la pelusilla de la fruta verde.

Pasaron bastantes días sin recibir invitaciones. Por fin, llegó una de Victoria Sackville−West, que incluía también a su sobrino Juanito.





Capítulo 3. Victoria. Kate Bayard. Juegos



La embajada británica, asediada por landós detenidos ante el porche resplandeciente, era aquella noche el centro de la vida social washingtoniana. Sir Lionel Sackville−West, ministro de Inglaterra, acompañado por su hija Victoria, atendía a los invitados que entraban al gran salón de baile. Un maestresala negro, con librea y enormes orejas, anunciaba las llegadas. Juanito esperaba inquieto en el vestíbulo. Su tío no aparecía; quizás le hubiera atacado el reúma. Todo el mundo estaba ya dentro. Al fin, se decidió: le susurró al ujier que él era la legación española. El negro, como se trataba de la última invitación, improvisó un gorgorito ronco de aviso... y soltó un atronador ¡The Spanish Legation! Tal fue el trompetazo, que todos los ojos se volvieron hacia la puerta esperando una epifanía majestuosa. Momento en el que Juanito, con frac, corbata blanca y aspecto de flauta india, hizo su entrada encogiéndose y mirando a ninguna parte. Hubo una carcajada general. La hija del embajador y sus amigas fueron las más estruendosas; Sir Lionel las miró de manera reprobatoria. Enseguida, rodearon al agregado entre risas y palabras atropelladas. La atención de nuestro héroe se dirigía a Victoria que, enrojecida la parte alta de los pómulos, tenía un aire de febril diversión. Después de dudarlo mucho, la sacó a bailar. Se sumergieron en el torbellino de luz de los valses.

− En Madrid − decía Juanito −, en una recepción del rey, hace unos meses, tocaron esta música; entonces no pude, pero ahora mira cómo me llevas.

Victoria se deslizaba por el salón con suavidad neumática, sonreía sin hablar, buscaba los ojos del agregado con mirada escrutadora y desafiante. Juanito atenazaba con su mano derecha el talle de la joven, sentía crujir el arco de su espalda, aspiraba el aroma de su cuerpo perfumado; las comisuras de sus labios descendieron dibujando una línea de ansiedad y de deseo. Al terminar la pieza, apareció el embajador francés, monsieur Roustan, pidió su turno y Victoria se alejó mirando a Juanito con cara de cómica pena.

Tras este abandono el sobrino descubrió a don Juan, que acababa de llegar. Esperó a que terminara de saludar a sir Lionel.

− Tío, te tengo que presentar a Victoria. Es maravillosa.

− Debe de serlo, por lo que he oído de ella.

− Verás qué mezcla. Aristócrata y gitana.

− Yo conocí a su madre, Pepita Oliva, en Alemania − rememoró don Juan −, y no era gitana, sino hija de un barbero del barrio del Perchel. Comenzó cantando en Málaga, en un café de la calle Larios. Luego alcanzó tanta fama como Lola Montes.

¡Claro que la conocía! En Dresde, la había visto bailar de manera castiza y legítima. Nunca encontró ojos tan grandes, tan negros, ni pies tan pequeños, ni pechera tan divina, ni piernas tan hechas a torno, ni cuerpo tan sandunguero. Poseía distinción natural y cierta ingenua frescura, infrecuente en las mujeres de la farándula. Un príncipe ruso riquísimo, enamorado y rumboso, la acaparaba por todas partes. Él, con 420 pesetas al mes, no se atrevió a acercarse. La niña se parecía mucho a la madre. No le extrañaba que sir Lionel se hubiera enamorado de Pepita. Los decorados llenos de luna, geranios y pozos nocturnos debieron actuar sobre el inglés como un encantamiento, convirtiendo a la bailaora en una diosa solar, inaccesible a los súbditos de Su Majestad, apagados por la bruma y la ginebra.

− Tenemos que invitarla a la embajada cuando sea tu fiesta de presentación − propuso rotundo Juanito.

− ¿Qué fiesta, sobrino? Mira a tu alrededor y compara. ¡Cómo me voy a atrever yo a dar ninguna fiesta!

Paró la música. Victoria, que bailaba con el general Sherman, quedó a unos pasos de los españoles. Después de aplaudir a la orquesta, acompañada por el viejo soldado, pasó al lado de ellos. Juanito levantó su copa de champán y la llamó:

− Victory, Victory.

− Sobrino, que ese es el nombre del barco de Nelson. Ella es simplemente Victoria − le susurró don Juan.

− Ven aquí, quiero que conozcas a más paisanos de…− iba a decir “de tu madre”, pero al ver la mirada de acero del embajador, terminó diciendo − … España.

Victoria se aproximó. Juanito le presentó a su tío. Don Juan, al tenerla delante, vio que en efecto la muchacha era combinación de dos imposibles: un lánguido lord inglés y una candente mediterránea. La hija tenía la hermosura de la madre, su viveza en la mirada; sólo conservaba del padre las orejas.

Se incorporó sir Lionel al grupo e invitó a don Juan a que le acompañara. Le llevó de corro en corro presentándole a los pocos embajadores que aún no conocía. Entre ellos, al ruso, Nicolai Abrahamov. Don Juan hablaba francés con bastante soltura, así que le resultó más cómodo pegar la hebra con el enviado del zar. Era delgado, alto, hijo del Quijote, sobrino del Greco, con la sonrisa burlona dibujada siempre en los labios. Una barba amplia y partida dejaba al descubierto su enorme nuez. No tardó en aparecer Olga Tatiana Rasilova, la embajadora, cargada de collares y pulseras, maquillaje azul marino en los ojos, alta, sonriente. Avanzó con los brazos abiertos, dispuesta al asalto de don Juan: le besó, le cogió por los hombros, le sacudió sin misericordia, le invitó a comer cuanto antes y se dirigió veloz a otra parte.

El Secretario de Estado, Frelinghuysen, llegó tarde. Tentado estuvo don Juan de aprovechar la ocasión para hablarle de Agüero, pero en los pocos minutos que le tuvo enfrente no pudo encontrar el momento propicio. Una vez solos, don Juan, que desde primera hora había confiado en Nicolai, le habló al ruso del filibusterismo y de su intención de protestar ante el gobierno.

− Me he quedado con las ganas de hacerlo ahora mismo.

− Ha hecho bien en contenerse − dijo Nicolai − . Esta administración ya no toma decisiones. Los republicanos lo tienen difícil. Blaine, acusado de corrupción, no creo que gane. Cleveland parece el mejor situado.

Llegó Olga Tatiana, tomó del brazo a los dos y les condujo hacia un sofá debajo de un enorme cuadro de la reina Victoria.

− Estoy rendida, pero tengo ganas de hablar… y de beber un refresco. Nicolai ¿me lo traes?

Olga se arregló la diadema de brillantes y miró a don Juan.

− Me encanta España. Tienen ustedes sangre en el alma, como los rusos.

Después de oír a Olga durante más de una hora pasar revista detallada y malévola a toda la "high society", don Juan fue en busca de su sobrino. Se despidieron de Victoria. Ésta le dijo a Juanito que esperaba verle dentro de dos días en la fiesta que ofrecía su amiga Carole Mac Ceney. Juanito dobló, intenso, el espinazo, la miró de forma entusiasta y preguntó cómo había que ir vestido. "Very informally", fue la contestación de la joven...

Ya dentro del coche, don Juan vio tan contento a su sobrino, que le advirtió:

Picas muy alto, amigo. Ten cuidado con la inglesita. Está en el dulce periodo que las mujeres interesantes disfrutan antes de casarse. Les gusta apostar a varios caballos a la vez.

Al poco tiempo hubo elecciones. Después de décadas republicanas, los demócratas recuperaban el poder. Cleveland ganó a Blaine de manera holgada. Don Juan debía volver a plantear el filibusterismo de Agüero a la nueva administración. Más notas, más gestiones, más irritación. Se sabía como una letanía todo el expediente, igual que un viejo actor de mil representaciones. Pero ahora no era Frelinghuysen quien debía escucharlo, sino el nuevo Secretario de Estado, el senador Thomas F. Bayard. Cursó una nota para entrevistarse con él en la sede del Departamento. Bayard contestó que prefería que se vieran en su casa, que le invitaba a cenar.

Se dirigió a la cita con un fuerte constipado de tos y nariz. Vivía el nuevo ministro en Highland Terrace. Como en aquella tarde fría el hielo formaba una delgada capa sobre las calles, don Juan se comprometió a tener cuidado y no romperse la crisma. Bajó del coche. Con precaución inició el ascenso por el sendero empedrado que daba acceso a la vivienda. Se distrajo un momento al divisar, delante de la casa, a una joven vestida de amazona que se quitaba el gorro y sacudía su melena corta, mientras un perrillo le arañaba las botas altas. Al instante, el bólido peludo se precipitó sobre don Juan ladrando inamistosamente. Éste trató de evitar el encuentro, pero resbaló y cayó de bruces. Consiguió levantarse a duras penas; recogió las gafas, incólumes, y miró desconcertado a su alrededor. Enseguida, se acercó la joven y alejó al perro con voz suave.

Soy Katherine Bayard. Lamento que haya tropezado. ¿Le duele algo?

Don Juan se agarraba con fuerza el tobillo, cerraba los dientes, se contenía para no dolerse ante la presencia de la muchacha.

− Debo haberme lastimado el pie. El abrigo, como usted ve, está empapado… En fin, parece que no me he roto nada.

− Entremos y veamos qué tiene.

Katherine le hizo pasar a la biblioteca; puso el abrigo sobre una silla, cerca del fuego de la chimenea. Llamó a Sally, la sirvienta, y le encargó que calentara una bolsa de agua.

− ¿Quiere usted tomar algo?

− Un coñac me vendría bien.

Después de darle la bebida, Katherine trajo una banqueta, le cogió el pie derecho y se lo acomodó en un cojín. Cuando le puso la bolsa, sintió don Juan algo que tenía casi olvidado: la ternura de una mujer derramada con sencillez sobre un hombre doliente.

− ¿Puedo llamarla Catalina?

Me llaman Kate, pero si es su última voluntad...dijo ella resignada.

Recobró don Juan el buen humor y el dominio de la situación.

Olga Abrahamova le había contado que aquella joven que le miraba de manera fija, respetuosa, sustituía a su madre como ama de casa y anfitriona. La mujer de Bayard vivía en Wilmington, Delaware, con una grave enfermedad de corazón. Catalina y su padre iban a verla con frecuencia. Así llevaban diez años.

El fuego de la chimenea derretía la resina en los leños, un aroma de pino se esparcía por el aire. Sobre el escritorio: cartas, una pluma nacarada y varios cuadernos gruesos; uno de los cuales, forrado en piel azul, se cerraba con un candado dorado. Don Juan conocía ese tipo de libros cajafuerte, en ellos llevaban sus diarios las jóvenes románticas.

− ¿Le gusta Virgilio?

respondió sorprendida Catalina −. ¿Cómo lo ha averiguado usted?

− Ese que hay al lado del azul, no puede ser más que La Eneida, un facsímil de la edición veneciana de 1501, hecha por Manucio.

El volumen yacía abierto por una página con un grabado que representaba a Eneas hablando con la reina Dido, sentada en un trono: "Infandum, regina, iubes renovare dolorem".

− Lo conozco muy bien. El original pertenece a un amigo mío.

Había tenido el libro en sus manos, en casa de Cánovas. Al Monstruo le gustaba mostrárselo, pero racionaba el tiempo de contemplación:“No lo mire más, que le va a gastar las tintas”.

Don Juan adoptó la actitud del elegido, del que tiene acceso directo a las fuentes de la Cultura de Occidente. Había traducido Dafnis y Cloe, podía admirar en El Prado a Velázquez y a Goya, tomaba café con Víctor Hugo... Se contuvo y no le dijo que, según sus compatriotas, él mismo moraba en el Parnaso.

− ¡Qué suerte tienen en Europa! − exclamó Catalina . Pueden encontrar todavía obras de Horacio o de Platón, perdidas en viejas bibliotecas de monasterios.

También he tenido en mis manos una primera edición de El Quijote.

No piense que soy una coleccionista. Leo de todo; prefiero a Dickens, pero me gustan las obras populares, los dramas románticos, las hermanas Brönte, Jane Austen

Catalina hizo una pausa, miró con ironía a don Juan y continuó:

− No tema, no voy a cansarle con todas mis lecturas, no quiero que crea que soy una licurga.

“Garza plateada”, tuvo la intención de decir don Juan.

Catalina fue a cambiarse para la cena. A los veinte minutos se presentó con un sencillo vestido blanco. Poco después, sonaron en el vestíbulo pasos apresurados de la servidumbre, categóricos cierres de puertas bien engrasadas, civilizados murmullos. Apareció en la biblioteca Bayard. La negra pajarita hacía pensar más en un próspero cirujano, que en un político. Andaba inclinándose un poco hacia su izquierda. Se dirigió con una sonrisa amable a don Juan.

− Disculpe el retraso, he tenido que despachar con el embajador inglés y estoy agotado. Espero que mi hija le haya hecho los honores.

− No sólo eso, me ha curado − recalcó don Juan, señalando la bolsa de agua que había quedado encima del taburete.

Bayard miró orgulloso a Catalina; se quitó el gabán y fue a cambiarse para la cena. Don Juan se sentía cada vez mejor en aquella casa. El jefe de la diplomacia americana le inspiraba confianza. No sólo por su fama de hombre honesto, sino por el hecho sorprendente, que estaba descubriendo ahora, de ser el doble de don Gabriel Viñas, el médico que, cuando niño, le miraba las anginas y le dejaba llevar las bridas de su jamelgo. Don Juan sabía que algunos hombres tienen un duplicado, idéntico en lo físico, aunque no en lo espiritual. En Bayard parecían darse ambos casos: la cara y la figura, pero también los gestos, la forma de mirar, los andares... Hacía unos cuarenta años que don Gabriel había muerto.

− Su padre es el sosias del médico de mi infancia – le dijo don Juan a Catalina.

− ¿Cree usted en la reencarnación?

− No, aunque espero que el senador sea tan benevolente conmigo como lo fue don Gabriel.

− Si Pitágoras pudo descubrir el alma de su propio padre prisionera en un perrillo, quizá usted haya hecho lo mismo con el espíritu de su médico – sugirió Catalina con un acento profundo que desconcertó a don Juan.

La cena transcurrió, en lo gastronómico, a una altura infrecuente en los Estados Unidos: crema de ostras, sábalo del Potomac y pato salvaje con gelatina de grosellas. Nada de eso pudo saborear por el resfriado.

Catalina le animaba para que contara anécdotas del mundo literario. Preguntó por París, por Víctor Hugo. Luego, si había visto a la reina Victoria o si conocía a Eugenia de Montijo. Aquí se lució el embajador. No sólo la conocía, eran casi parientes; se escribían, siempre que pasaba por Londres debía visitarla. Don Juan empleaba sus artes conversatorias con la máxima dedicación. El tobillo ya no le dolía por efecto del burdeos. El constipado, detenido en la nariz, le deparaba una medio sordera apacible. Con el quejisma en la voz y la humedad en los ojos, bien podría pasar por un maduro trovador embaucando a los dueños del castillo.

Terminó la cena. Catalina, antes de retirarse, le estrechó la mano. Don Juan sintió el calor de ella ascendiéndole por el brazo hasta el hombro y el cuello.

Repasó los asuntos que debía tratar con Bayard. Era necesario mantenerse firme, estar prevenido ante las posibles réplicas, y sobre todo, conseguir el compromiso inequívoco de que no se iba a permitir la salida de expediciones rebeldes desde puertos americanos.

Bayard se arrellanó en su butaca.

− He leído el informe de mi secretario. Lamento el atentado que sufrió su cónsul en Cayo Hueso. Frelinghuysen nombró una comisión de investigación y yo he encargado que se le proteja. En cuanto a Agüero, sabemos que ha vuelto de Cuba, pero el presidente me ha dicho que no podemos tocarlo. Tiene el estatuto de refugiado político.

− Usted sabe que es un terrorista.

Washington y Jefferson fueron considerados terroristas por los ingleses en nuestra guerra de independencia. La cuestión está en la definición: ¿luchador por la libertad o delincuente?, ¿patriota o asesino?

− Washington no asesinó a sangre fría, ni puso bombas a inocentes, ni, como ha hecho Agüero, secuestró a un teniente español, cobró el rescate y luego lo fusiló.

− La lógica de la guerra nada tiene que ver con la de la justicia o la de la paz. Ustedes están en guerra... No digo que nos sea indiferente la independencia de Cuba. Quisimos comprársela por un buen precio, pero perdieron la oportunidad de salir airosamente de allí por los caminos prácticos del comercio.

− Para nosotros vender Cuba sería como para los Estados Unidos vender Kentucky. Mucho más, pues ustedes llevan menos tiempo allí que nosotros en Cuba. Es una provincia de ultramar, una parte de nuestra patria – proclamó don Juan de manera inflamada.

Bayard se encargó de corregirle el arranque patriótico.

Provincia que no tiene las mismas leyes que la metrópoli, en donde no hay libertad de partidos, y persiste la esclavitud. No creo que debamos idealizar. Cuba para ustedes y para nosotros es una colonia, una posibilidad de hacer negocio.

− En los políticos y en los ricos sí anida la idea de colonia, pero la mayoría de los españoles ve a Cuba como una tierra prometida o como un camposanto. Ochenta mil familias dejaron enterrados allí a sus hijos durante la guerra del 68.

− Es el destino de todas las potencias coloniales. Ustedes mismos, los más razonables, saben que tarde o temprano tendrán que salir de la isla.

Don Juan veía cómo el problema de Agüero se iba esfumando, empequeñecido en aquel debate de planos más altos. El punto central de la entrevista iba a quedar sin satisfacción. Con tozudez insistió:

− Mi gobierno me ha dado instrucciones para que proteste formalmente por la impunidad con que se mueve Agüero. La Ley de Neutralidad de 1818, prohibe apoyar o permitir empresas armadas contra naciones en paz con los Estados Unidos. Ustedes tienen relaciones diplomáticas con nosotros, que somos un Estado real, existente, no un comité reunido en un apartamento de Nueva York. Es con España con quienes están obligados por las leyes internacionales. Además, los del comité revolucionario tampoco apoyan a Agüero, lo consideran un personaje cruel y extravagante. Por lo que yo sé, el filibustero les odia a ustedes tanto o más que a nosotros. Quiere una Cuba libre, también de los americanos.

− Sí, sí, no puedo negarle que lleva razón…Tenga la seguridad de que el presidente, a pesar de las presiones de Congreso y Senado para que nos declaremos beligerantes, quiere mantener los compromisos de lealtad con su país.

− Hasta hoy, sin embargo…

Bayard no le dejó terminar:

En lo sucesivo diga a sus cónsules que este gobierno necesita pruebas, nombres… para poder actuar de acuerdo con la ley. Tenga la seguridad de que prohibiremos salir de nuestros puertos a las expediciones armadas, si se nos avisa con tiempo y en la debida forma. Eso me parece sensato, pero a Agüero no podemos detenerle, ni expulsarle − concluyó el Secretario con determinación, casi con mal humor.

Don Juan iba con asiduidad a casa de los Abrahamov. La embajada rusa era el único sitio en que comía bien de veras, igual que en París. Se cenaba a eso de las siete, después tenían lugar toda clase de juegos, desde el inofensivo y diabólico billar, pasando por el meditabundo bridge, hasta los sangrientos póquer o bacarrá. En la mesa de éste último perdió Juanito un día las 580 pesetas de su paga mensual. Olga había enseñado a don Juan a jugar al póquer y practicaban algunas veces de forma amistosa. Sin embargo, debido a su no abundancia de metales preciosos, no tenía más remedio que refugiarse en las carambolas con el padre de Victoria o con el embajador portugués, Vizconde das Nogueiras. El buen coñac y los habanos compensaban la sosería de sus colegas. A menudo se desplazaba a las mesas del peligro, observando la pelea. Olga y Nicolai jugaban en partidas distintas, siempre al bacarrá o al póquer. Eran, sin duda, los más ricos del cuerpo diplomático, mucho más que sir Lionel. A don Juan le fascinaba ver la cantidad de dólares que ponían encima de la mesa, flamantes fajos traídos por el viejo criado Vania en una bandeja de plata. Ganaban mucho, perdían más, aunque no parecía importarles.

La mesa de aquella noche la formaban Nicolai, Victoria, la mujer de Nogueiras y Francis J. Jessop, vicepresidente de la banca Morgan, Gran Maestro de la logia de Columbia.

Victoria entró en la sala de billar, le dijo a su padre:

− Ocupa mi sitio, hoy no es mi día, estoy harta de perder.

Sir Lionel hizo un gesto de tedio y, abstraído, siguió poniéndole tiza al taco. Victoria, entonces, se dirigió a don Juan:

− ¿Querrá usted sustituirme? Si no, romperé la partida y me odiarán.

La entonación de la joven contenía muchos matices: ¿querrá hacerme el favor?, ¿podrá?, ¿tendrá dinero?, ¿se atreverá?

Don Juan, con sonrisa condescendiente, contestó:

Bueno, allá voy…

Le asombró la rapidez con que había obedecido a la inglesita. Sería prudente. Iría sólo si tenía buena jugada. Nicolai ganó anoche tres mil dólares. Cierto es que posee las tierras de media Ucrania, pero los ganó. Con la mitad de eso, se quitaba él todas las deudas. Sería una ganancia legítima. América, cuerno de oro.

Buscó en su cartera el dinero. Barajó solemnemente. Los naipes salieron disparados hacia las manos ansiosas. Al poco tiempo, cogió un farol a Nicolai con dobles parejas. Juanito, detrás de su tío, miraba cómo éste, con lentitud desesperante, descubría sólo el canto de las cartas; por fin, las desplegaba para que su sobrino pudiera ver la jugada. Pero llegó un momento en el que la cuestión se reducía a si asistía a los dos mil dólares que había puesto Jessop sobre el tapete. El banquero parecía indiferente ante aquel hervidero de papel sagrado. Cuando Jessop envidó, su rostro senatorial apenas se contrajo para esbozar una sonrisa. Ni un músculo, ni una gota de sudor en aquel agobio, como si dispusiera de refrigeración interna. Don Juan intuía que iba de farol; a él las cartas le estaban llegando en el momento preciso, sin embargo, no tenía una jugada demasiado brillante; buena sí, aunque no para emplear en ella los trescientos dólares recién ganados. Los demás se tiraron. No debía haberse sentado en una mesa tan alta, tan fuera de su nivel. No se puede jugar con miedo a que si pierdes te quedas sin responder a lo más elemental, como pagar los recibos o la comida, o mandarle las dos mil pesetas a tu familia. Debía decidirse. “Va de farol, es seguro”. Al fin se atrevió, puso su resto sobre la mesa. Jessop tiró las cartas y le dijo: “usted gana”. Llevaba pareja de sotas. El banquero había pedido dos para simular que partía con un trío. Don Juan, al tiempo que traía hacia sí el denso dinero, sintió abrirse el Mar Rojo: se retiraron las aguas turbias, avanzaba en su carro de oro para recoger, triunfal, el tesoro. Ahora, prudencia, conservar esa fortuna. No podía cometer la grosería de levantarse de la mesa. Debía pasar mucho; ir sólo algunas veces para disimular, arriesgando poco dinero. La partida entró en unos momentos decisivos. Los dólares se movían, las jugadas eran comprometidas. Todos recibían buenas cartas, resultaba difícil mantener la sangre fría, no participar. Nicolai le ganó en una mano la tercera parte de lo que había ganado él a Jessop. Tuvo que ir. Llevaba un ful de ases. Si uno se tira con eso ante un hombre que ha pedido tres cartas, debe abandonar la partida. Se retuvo durante media hora más. Vio pasar muchas ocasiones de triunfo. Si hubiera ido todas las veces que ganaba, tendría una fortuna. Jessop dejó caer que el embajador desde hacía rato estaba “in the shell”, “metido en la concha”, tratando sólo de defender lo ganado. La provocación cayó en saco roto. No le vería los naipes hasta que llevara una jugada derribadora. Era inútil que le provocara. Decidió no beber más coñac. Recibió las primeras tres cartas. Las distinguió de golpe: rojas, dentadas, triunfantes, se mostraban las K de los reyes. Esperó las otras dos, sin atreverse a mirar a los ojos de los contrincantes. Vio la primera, un caballo; pintó con cuidado la segunda: otro rey. Póquer de reyes servido. Jessop puso todo su dinero, como otras veces, para apabullar a don Juan. Éste ahora no lo pensó. Con sus manos elegantes empujó todo lo que tenía arrastrándolo por el fieltro verde con parsimonia. Tenía cogido al magnate. Jessop pidió dos cartas. La suerte estaba echada. Don Juan quedó servido. No valía la pena engañar pidiendo una. “¿Qué tiene?”, le preguntó, humilde, Jessop. “Póquer de reyes”, contestó rápido don Juan. El banquero fijaba su mirada ósea en el puro, le subía a los ojos esa niebla de los que se creen por encima de los demás, una superioridad que no iba dirigida a nadie en concreto, sino al resto del mundo. “Éste es de ases”, dijo el banquero con armoniosas resonancias viriles y aterciopeladas en la voz, desplegando lentamente cuatro monstruos, rojos y negros, solitarios en el centro de las cartulinas blancas, como ojos de cíclope. Don Juan sintió el corazón en la garganta, un dolor fuerte en los riñones, se le nubló la vista por un instante, tragó saliva, murmuró en español algo apenas audible, pero lleno de rabia y desesperación. A las dos o tres jugadas fue al baño, contó el dinero que le quedaba en la cartera: cincuenta dólares. Podía disponer de otra oportunidad. La mesa tenía tal ritmo que resultaba posible recuperarse en una sola mano. Le dolía un poco la cabeza, trataba de comportarse con naturalidad. El ansia de desquite le había crecido hasta hacerse irresistible. Se acabaron las buenas jugadas. Fue perdiendo en pequeñas escaramuzas. Acabó sin los cincuenta dólares. Quiso levantarse. Jessop le miró de manera comprensiva y le ofreció tres billetes de doscientos. “Para que no tenga cuidado…”. Ese dinero también fue disminuyendo de manera poco heroica, hasta que lo perdió todo. Le firmó a Jessop un pagaré por seiscientos dólares. Se levantó de la mesa, la cabeza le daba vueltas. Se decía: “Imbécil, imbécil, imbécil”. Salió a la terraza, necesitaba ordenar sus ideas. El frío de la noche, el ruido de los sirvientes ajetreados en la cocina, no le hicieron recuperar el sentido de la realidad. Miraba con indiferencia las ventanas, las columnas, como si fueran un decorado. Reproducía las jugadas clave: "si hubiera pedido... si hubiera ido... ¿cómo no le noté en la cara que llevaba jugada...?, ¿cómo me amilané con aquella escalera...?, ¿de dónde saco los seiscientos dólares...?"


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